Las ferias del libro ya no son lo que eran…

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Cuando yo era niño, recuerdo que las llamadas ferias del libro eran para mí algo muy aburrido ¿Libros? ¿Para qué? Si tengo mi tele.

Pero eso sí, me preguntaba ¿Por qué a mi madre le gustan tanto?

Ya en mi hipercaótica adolescencia, cuando empecé a tener el gusto de la lectura, pude contestar esa interrogante infantil. Las ferias del libro, en aquellos ayeres, además de ofrecer conferencias y pláticas con los autores, tenían la ventaja de que podías conseguir los libros un poco más baratos que en cualquier librería. Había muy buenas ofertas que, si no las aprovechabas, simplemente no volvían.

Fui a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, la cual concluyó sus actividades antier… y para serles sincero, me decepcioné completamente de lo que se han convertido las ferias del libro en nuestros días.

Cada año se reducen las editoriales presentes en el evento. Mi principal objetivo era comprar un libro técnico sobre HTML5 de la editorial Alfaomega que he estado buscando desde hace varios meses que lo vi por primera vez en un Sanborns. Llego al Palacio de Minería y al preguntar por la mencionada editorial, la respuesta fue un “No nos visita”. Carajo.

Tuve que salir a recargar el celular y vi que al lado del Palacio había un pasillo con muchos libros “¡Que importa si son piratas o no!”, pensé. Vamos a ver que hay.

Eran varios puestos de libreros “de viejo”, en su mayoría. En mi primer recorrido, pasé de rapido porque iba en dirección al Sanborns de los Azulejos para encontrar ese libro que tanto quería. Y nada.

En el segundo recorrido avancé más despacio y me detuve en algunos de los puestos, buscando libros a los que ya les traigo ganas… de leer. En uno de los puestos, una chica preguntaba por un libro de conversaciones con Jorge Luis Borges en un programa radiofónico. El vendedor le decía que era un libro rarísimo, que su contenido no estaba en ninguna antología de Borges y remató al final con un “¿A poco no pagarías 120 por un libro así?”.

La chica tenía un semblante de sí me lo quiero llevar, pero… ya no supe si se lo llevó o no. Minutos después, la vi caminando junto con su acompañante por el pasillo.

Antes de irme, adquirí en un botadero donde depositaban los libros igual que la ropa usada sale de su paca para ser rematada, La vida es sueño de Calderon de la Barca y el Poema de Fernán González por 10 pesos.

Volví a la FIL y encontré en el stand de Larousse un libro de Anaya Multimedia sobre HTML5 que se veía muy completo. Lo quería hasta que pregunté por el precio: 550 pesos. Era demasiado para mi. La frustración era inmensa.

Ya casi no hay ofertas. Los descuentos se restringen a ciertas colecciones y lo demás está, si bien te va, al mismo precio que en una librería. Los precios excesivos eran constantes en los stands presentes.

Resignado, solo fui a comprarles unos libros a mis sobrinos y fui al stand de Punto de Lectura, donde me debatía entre Rayuela de Cortázar o el Ensayo sobre la ceguera de Saramago. La diferencia entre el precio de uno y otro no era mucha -150 contra 166 pesos- y el ganador fue…

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Me fui de la FIL con las ganas de comprar muchos más libros, pero también pensando en que todavía se sigue viendo al libro como un objeto de lujo (incluso en las librerías de viejo) y no como lo que debería ser: un artículo de primera necesidad.

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